Que el miedo no nos separe

La Prensa

Si hay algo que corre más veloz que un virus, en fase de expansión, es la propagación del miedo entre la población. Como lo hemos visto en el mundo entero y en Honduras durante el último mes: supermercados abarrotados, farmacias desabastecidas, mascarillas, guantes, alcohol gel, desinfectantes, agotados en cuestión de minutos, etc.

Lo primero que nos sucede cuando sentimos miedo es que perdemos la capacidad de racionalizar con objetividad. El alarmismo social es una pseudoepidemia que corre en paralelo a la real, ya que ciertamente la incidencia del virus es preocupante en las redes sociales, en los medios y en la calle, el miedo a la pandemia aumenta, en forma proporcional o a veces con mayor velocidad que el contagio mismo. Si el pánico irracional es uno de los muchos efectos secundarios inmediatos más visibles de esta crisis, existe un tercero que va en ascenso, y no es menor: la discriminación y la falta de empatía.

Todo comienza cuando una persona infectada es identificada en su hogar, muchos son los vecinos, que sin ningún reparo o consideración, toman fotografías, las suben a la red, las comparten, llegando al extremo de hacer pública la identidad del paciente en los medios de comunicación. No obstante, la estigmatización puede llegar a extremos insospechados, pues hay reportes entre las autoridades competentes de cómo muchos dueños de pulperías y similares en algunas de las colonias con mayor número de casos positivos se niegan a vender alimentos y artículos de primera necesidad a las familias de los contagiados, y esto es solo la punta del iceberg.

Como humanos, el miedo es comprensible, pero como cristianos el temor no nos habilita a olvidarnos del dolor, el desconcierto y el drama que tantas familias están pasando en este momento al ver a un familiar enfermo y no poder estar cerca o, en el peor de los casos, perderlo y no poder darle un “último adiós” digno. Nuestro Señor Jesucristo en su paso por este mundo fue cercano a los marginados por la sociedad, a los olvidados o rechazados, y su actitud no era algo accesorio o superficial para tomarse una fotografía y colocarla en redes sociales, era algo más profundo, pues sabía que Dios no discrimina a nadie, no rechaza ni excluye. El evangelio de San Mateo 8:1-4 nos relata que cuando Jesús bajaba por una ladera de pronto se le acercó un enfermo de lepra, una enfermedad incurable de su época y altamente contagiosa. Las leyes judías lo condenaban a vivir apartado de todos, pues era considerado un ser impuro. El evangelista afirma que el leproso se puso de rodillas ante Jesús y le hizo una súplica humilde: “Si quieres, puedes limpiarme”. Es evidente lo que la enfermedad le había hecho a su alma, y no solo a su cuerpo, el hombre se sentía sucio, no le habla de enfermedad, sino de suciedad. Solo quiere verse limpio de todo estigma: Jesús se conmueve al ver a sus pies a aquel ser humano desfigurado no solo por el padecimiento, sino por el abandono, su dignidad humana, que está más cuarteada y herida que la propia piel. Este personaje encarna la soledad y la desesperación de tantos estigmatizados de hoy y de sus familias a causa de este virus implacable, por eso Jesús violentó toda norma establecida, aplastó el miedo y mostró empatía con el dolor de aquel joven. Cristo extiende su mano buscando el contacto con su piel, “lo toca” y le dice: “Quiero, queda limpio”. Pensemos que siempre que discriminamos, excluimos y negamos a nuestros semejantes una acogida humana no solo lo apartamos de nosotros, sino que también les alejamos grave y escandalosamente de Dios. Seamos empáticos, pongámonos en la piel de los demás y no olvidemos las palabras del Maestro: “Lo que hiciste con uno de estos pequeños conmigo lo hiciste” (Mateo 25:40).

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